Entre mundos, donde la noche abraza al alba y los sueños se entrelazan con la realidad, una niña avanza suavemente por el reino del ensueño. En su mano sostiene un hilo delicado que la une a la luz de la luna, como si intentara retener un instante antes de que se disuelva en el silencio del universo.
Detrás de ella, una esfera enigmática, grabada con antiguos símbolos, parece una puerta a otra dimensión. Flota en el umbral entre la vigilia y el sueño, resguardando el frágil tránsito del alma hacia lo mágico. A su alrededor, las flores respiran, vibran con luz y florecen en las profundidades de la noche, mientras el aire se impregna del brillo sutil de las estrellas.
Este sueño no es solo un sueño. Es un instante de pura maravilla, donde las fronteras entre los mundos desaparecen y solo queda la sensación de plenitud—ligera, serena y envuelta en misterio. Aquí, todo es posible, porque en el sueño habita la magia misma de la existencia.











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